Hace poco una persona me confesó que recientemente actuó de manera impulsiva – nada grave. Al mismo tiempo, recientemente me elogiaron la paciencia y la frialdad ante ciertas situaciones. Es verdad también que dentro de la familia y los amigos no es tan así: soy más calentón. Pero fuera, no. No en el ámbito profesional, ni en la calle, ni en el bar.
Manejé situaciones con personas problemáticas, con temitas psiquiátricos, cocainómanos, borrachos y, por supuesto, imbéciles a secas.
Pero no es casualidad, no es algo innato: es que pasan cosas.
Un sábado, cuando tenía quince años, volvía triste en el tren, ya que había visto a la que dejaba de ser mi novia. No hubo un final oficial; vivíamos lejos (más de una hora de viaje) y, sin aclarar nada, era obvio que no íbamos a volver a vernos. Tenía otros 30 minutos en colectivo. Llegué a casa cansado y amargado, apenas comenzada la noche.
En eso me llama Daniel, Dumbo D.
Me dice que hay una fiesta de quince en su barrio, lo habían invitado y quería que le haga la segunda. Sábado, perdido por perdido, adolescente… hay que ir.
El lugar era una casita de barrio de una planta, entre medianeras, con un techito tipo garage, patiecito mínimo y música a todo volumen.
No conocía a nadie, estaba de mal humor. Yo escuchaba metal y todos bailaban cumbia. Habíamos llegado ya después de la torta. Alguna copa de vino o vaso de cerveza, no recuerdo, tomamos. A Daniel, como corresponde, solo le interesaba conocer alguna mina.
Pero bueno, nos sentamos en una mesa, toda gente desconocida. Estábamos él, yo y enfrente el pibe y su chica. Eran divertidos y todos hacíamos chistes sin sentido, como todo pendejo de esa edad. Tratando de disimular el mal humor y que no conocíamos a nadie. Daniel es muy gracioso y el pibe se reía.
Yo tenía un vaso, creo que de fernet con coca, helado, y sin querer lo volqué y me cayó encima un poco. Daniel se preocupó, pero el pibe empezó a reírse fuertemente, señalando descaradamente la situación. Yo me re calenté, lo miré con odio, como diciendo “quien te crees que sos”, y, cuando paró, volqué su vaso de fernet.
De repente se quedaron todos en silencio.
El pibe entonces se empezó a reír a carcajadas y me hizo una señal de “respeto”. La situación se aflojó. Tuve que ir a secarme. A decir verdad, seguramente no era tanto. Seguimos de joda el resto de la noche. Incluso se acercó la cumpleañera y me pidió si podía bailar con su amiga.
Fueron yéndose los tíos y tías, y llegando gente más al azar, todos jóvenes.
En eso, abre la puerta uno y grita algo como que le habían tocado el culo a alguien, o que alguien había insultado a alguien, o que alguien le había pegado a alguien.
Es decir, alguien de fuera hizo algo malo a alguien de dentro.
Se formó la barra, el malón: todos salimos a correr a quien había que correr. Yo no conocía a nadie. El pibe, que evidentemente me había tomado cariño – ya que seguíamos de joda a pesar de nuestro “brindis”, me tocó el hombro y me dijo: “Vení, vamo”. Sí, qué sé yo… dale que va.
Pero ahí afuera nomás para en un arbusto, mete la mano y saca un revólver. Me lo mostró -no me apuntó- y me dijo: “Vamos a hacerlo cagar fuego”.
Claro, claro, vamos… ¿qué le iba a decir al pibe con el chumbo en la mano? Se fue corriendo, corrí, y simulé cansancio y me quedé atrás.
No hubo tiros. No sé qué pasó, después volvimos todos. Él entró, pero yo me quedé en la puerta con la excusa de esperar a la amiga de la cumpleañera.
Mientras nos vamos, Dumbo me dice: “Che, ¿viste que el pibe al que le tiraste el fernet tenía un chumbo?”.
No jodás.
True story.