El día que perdí la concentración

Era el aula que daba contra la calle. Tendría trece o catorce años. Me habían sentado en el banco de adelante, en el centro a la izquierda. Todavía recuerdo la sensación táctil de la hoja del libro de inglés y los puntos negros donde iba completando el ejercicio a toda marcha. Hiperconcentrado, quería terminarlos todos. Había logrado aislarme del barullo general y solo existía yo escribiendo, con la vista absorta. Sentía paredes invisibles protegiéndome de manera casi eléctrica. Focus extremo. Singularidad.

—¡¡Buh!!

Me exalté. Los puntos negros para completar el ejercicio se mezclaron todos, absorbiendo las palabras siguientes y la tinta de mi propia escritura. Todo se volvió un agujero negro que se tragó el tema de la clase (que nunca sabré cuál era, aunque seguro el subjuntivo, que jamás recuerdo qué es), el nombre del libro, el de la profesora y el peso de cumplir con el deber. Se tragó también el nombre de la graciosa compañera que me asustó.

Me di vuelta con una evidente cara de pánico, como si todo se hubiera roto. La vi: la obligatoria pollera del colegio, el pelo larguísimo y negro. Canchera, repetidora, quinceañera; sabía algo del mundo, de la calle, que yo no.

Las risas de la clase se cortaron de golpe al verme tan agitado. Raro. Ella puso una expresión bonaerense que no voy a olvidar jamás, aunque su nombre se haya perdido en un punto infinitamente denso, y me dijo:

– Bueno che, tampoco es para tanto …

Por un minuto no entendí nada. Después lo entendí todo. Basta. Salud y anarquía.

Al final, puede que el subjuntivo en inglés existiera. Pero la calle existía más.

True story.