¿Tené una moneda?

Casi veinte millones de personas interactuando en la misma ciudad dejan poco lugar a la lentitud. “Cocodrilo que duerme es billetera”, dicen por los viejos pagos. Miraba, ya apurado con mis dieciséis años, las calles pasar por la ventanilla del bondi, y así, apurado, bajé en mi parada.

A los diez metros se acerca y se me pega un, diría, niño; algún año y algunos centímetros menos que yo. Me dice algunas de las frases de manual que no recuerdo con exactitud, pero resumidas en un “dame plata o te corto”. Sin mostrar, pero insinuando… bueno, algo supuestamente cortante.

Ninguno de los dos había aflojado el paso. Es una ciudad de gente apurada que siempre llega tarde.

Le contesté en tono claro, cual vendedor de fiambre mientras fetea jamón:
-Sí, claro. ¿Cuánta plata querés?

El niño no entendió.
-¿Qué?

-Bueno, si no sabés, será la próxima.

El niño no sabía qué decir:
-Bueno, bueno… diez pesos.

Pero era tarde. Ahora sí, le contesté, con un gesto de manos, burlón:
-¡Ya fue!, chau chau.

Frenó para esquivar a una señora, yo apuré el paso, alguien se cruzó. Nos diluimos en el mar de asfalto, baldosas flojas y monedas para el colectivo.

True story.